
Cyliani
Habiendo pasado 37 años de
mi existencia en estudiar los fenómenos de la Naturaleza, creo mi deber publicar una
parte de mis decubrimientos, así como los pesares y desgracias que he experimentado, con
vistas a servir de ejemplo a la juventud, prevenir la ruina de las gentes honestas, y
rendir servicio a la humanidad sufriente. Nacido de una madre querida y de un padre
respetable y muy instruido, que ocupaba un lugar honorable en la sociedad; siendo sólo un
muchacho, mi padre fue mi mentor, y me dió una educación esmerada. Pronto devine el
modelo de la juventud de mi ciudad por mi conducta, mi gusto por las artes y las ciencias,
y mi instrucción. Apenas tenía yo 17 años, cuando ya podía vivir independiente y del
fruto de mis talentos. Mi padre estaba en correspondencia con sabios, entre el número de
los cuales los había que se ocupaban de la búsqueda de la Piedra Filosofal, y de la
ciencia oculta de las cosas. Sus libros me habían caído entre las manos. Yo estaba
imbuido de ellos, y me decía: ¿sería posible que reyes, príncipes, filósofos,
presidentes de tribunal y religiosos hubiesen tenido placer en mentir , y en inducir a
error a sus semejantes? . No, me respondía yo: son mas bien antiguos conocimientos
escondidos bajo el lenguaje de los jeroglíficos, afin de que el vulgar sea privado
de ellos, y que sólo los elegidos a quienes plazca Dios a iniciar, puedan poseer estos
conocimientos sobrenaturales.
Yo era naturalmente bueno y creyente; no conociendo los desvíos del corazón humano,
creí en la sinceridad de estos libros.Me impacientaba por ser mi propio maestro, a fin de
dedicarme a este género de estudios; la vida ante mis ojos no tenía ya encantos hasta
que poseyera la salud, y pudiese hacer seres dichosos sin que ellos pudiesen hablar
de nosotros. El conocimiento de ls Piedra Filosofal colmaba este fin: él devino entonces
el sujeto de ms vigilias y de mis momentos de ocio; mi ambición se extendía también a
adquirir la certeza de la existencia y de la inmortalidad del alma. Tales eran los
conocimientos que yo deseaba adquirir a expensas incluso de mi existencia.
La revolución francesa acababa de estallar. Mis conocimientos parecieron, a los ojos de
mis conciudadanos, más útiles en una administración que en el ejército. Se me honró
con numerosas plazas. En mis viajes ví, al entrar a una pequeña ciudad a una linda dama
cuyos rasgos de bondad, la sonrisa graciosa y el aire decenteencantaron mi alma e
inflamaron mi corazón.Desde este momento me prometí hacer de ella mi mujer. Tras haber
cumplido la tarea que me imponían mis deberes, me busqué de buscar cualquier pretexto
para hablarla: el amor no carece de ellos, y pocos días transcurrieron hasta el momento
que recibí el permiso para presentarme ante ella. En fin, el himeneo vino a colmar mis
deseos, y me prometí volverla la mujer más dichosa del mundo. ¡Ay! estaba lejos de
creer que la haría experimentar una serie de desgracias casi sin ejemplo, puesto que ella
lo había hecho todo para volverme dichoso.
Algunos meses después de mi matrimonio, conocí a un hombre de talento, que tenía a una
mujer como artista célebre. Ambos tenían el gusto de la Alquimia y me confiaron un
pequeño manuscrito que había sido encontrado detrás de un armario, del hacían gran
caso. Estaba escrito con un estilo que inspiraba mucha confianza; todo se encontraba en
él, a excepción del nombre de la materia, los trabajos de Hércules y el conocimiento
del fuego. Me creí entonces el hombre más dichoso de la Tierra. Concebí en la fogosidad
de mi juventud, inmensos proyectos: me puse a trabajar, lo que me hizo negligir mi parte y
mis propios intereses. Quise en consecuencia entregar mi dimisión a fin de dedicarme por
entero a la filosofía hermética, y en varios años hube aniquilado la suma que me
habían dado mi padre y mi madre al casarme, y disipado en humo una parte de la dote de mi
mujer.
Mi amor y mi amistad sin límites por la compañera de mi juventud, y su ternura para
conmigo, nos dieron una familia numerosa, que aumentó mis dispendios mientras que mi
fortuna se eclipsaba; veía a mi mujer sostener con coraje su posición, y el deseo de
volverla dichosa aujentaba mi firme resolución de alcanzar la meta que me había
propuesto. Pasaron 21 años en el seno de las más grandes privaciones; caí en
desgracias; mis numerosos amigos me volvieron la espalda. Buscando explicar mi posición,
vista mi conducta ejemplar, se acabo por saber que mi gusto por la Alquimia me llevaba a
privarme de lo más estrictamente neceesario; devien la risa pública, se me trató de
loco, fuí abucheado, mi familia me rechazó de su seno, en varias ocasiones me ví
errante en mi patria, obligado a suspender mis trabajos, vendido hasta el mejor mis trajes
para pagar los emolumentos de un doméstico que me ayudaba a pasar las noches. Mi
mujer, cargada de muchos niños, se vió obligada por su parte boligada por
refugierse en casa de sus padres, no cesando ser el modelo de las virtudes; y yo,
descendiendo al fondo de mi corazón, no tenía nada que reprocharme salvo mi gusto por
una partida que me había arruinado, y situado mi familia en una posición penosa y
dolorosa.
Me ví forzado a olvidar mis trabajos, y hacer mis talentos, pero la penosa situación en
que me encontraba arrojaba naturalmente un desfavor sobre mí. Apenas había organizado
una partida ventajosa, cuando mis subordinados , o las personas que me suministraban los
fondos, se apoderaban de ella, buscando arrojar sobre mí un desfavor tal, que no pude
encontrar ningún apoyo a fin de que mi posición financiera les pusiera el abrigo de toda
reclamación. Habiendo transcurrido as;i casi 10 años, y empleado una parte de las noches
a la lectura de casi todas las obras publicadas sobre la Piedra Filosofal , comenzando a
encorvar la cabeza bajo el peso de los años, sentí esta inclinación irresistible que
llama al hombre a sus primeros amores, me creí de buena fé mejor instruido, capaz de
franquear todos los obstáculos que me habían detenido hasta entonces.Me dirigí a
personas ricas que tenían mis mismos gustos, fuí acogido con benevolencia. Al comienzo
de estos nuevos conocimientos, pasé días felices: las amistades me eran prodigadas,
podía, mediante mis trabajos, venir en socorro de mi familia, pero tan pronto como se
creían poseer mis conocimientos, se me abandonaba bajo vanos pretextos; se llegó hasta
el punto de hacerme tomar una fuerte dosis de sublimado corrosivo, con vistas a destruirme
y apoderarse de mis escritos. Yo había aprendido a conocer al corazón humano a mi propia
costa; me mantenía constantemente alerta; pero el fuego que se manifestada en mi
estómago y el sabor que experimenté me hicieron recurrir al contraveneno. Fuí
descargado de él por un año de enfermedades, y la casi privación de mi único placer
que tenía sobre la Tierra. No puedo aquí el de volverme inoportuno y demasiado prolijo
hacer de las pequeñas pasiones humanas y de la diferencia inconcebible que existe
entre el hombre amable que se ve ornar los anocheceres de nuestros salones, y el mismo
hombre guiado por el cebo de las riquezas y de su vil codicia. Son verdaderamente seres
diferentes.
Mi pluma se rehúsa aquí al relato de lo que en mi posición me hizo experimentar, apenas
un gran in-folio bastaría para contener mis reveses. Caí de nuevo en la
desgracia; ella era tán completa, que mi numerosa familia, compuesta de niños
encantadores, bien criados, virtuosos más allá de toda expresión, queridos en la
sociedad, en la que se hacían notar por su decencia y sus talentos de distracción,
tomaron, por amor para su infortunado padre, tal tristeza de su corazón, que enfermedades
ligeras, de las que cualquier otro habría sanado al cabo de una quincena, devinieron
mortales para ellos, y en poco tiempo perdí a mis hijos.
¡Oh, pérdida irreparable!.¡Qué triste y desgarrador para un corazón paternal no tener
en este relato sino llantos que hace correr en lamentaciones supérfluas!. Pueda un día
el Eterno permitirme volveros a ver, y el recuerdo de mis desgracias sin número estará
borrado para mí.
En la posición abrumadora que me encontraba, quize reanimar todas mis fuerzas para hacer
una última tentativa: me dirigí a una persona rica que tenía una gran alma y mucha
instrucción, fuí tratado por ella durante varios años más generosamente que por las
ultimas personas a las que me había dirigido, y llegué por fín a hacer alguna cosa
alentadora, pero esto no era la obra de ningún modo.
Un día, paseándome por la campiñasentado al pie de un grueso roble, me puse a repasar
todas las circunstancias de toda mi vida, y a juzgar si tenía algún mérito, o si había
merecido el enorme peso de las desgracias que me abrumaban; me acrode de los
descubrimientos útiles al comercio que yo había hecho y el beneficio que la industria
francesa había retirado de ellos; veía con dolor a extraños aprovecharse de ellos y mi
nombre olvidado; llevé mimirada sobre las personas que habían tenido la destreza de
apoderarse de los descubrimientos de otros, tras haberle dado un giro a la moda; les veía
colmados de honores, de puestos, y yo me encontraba errante y rechazado; me pregunté si
había hecho daño en un sueldo a uno de mis semejantes, mi conciencia me respondía no;
¿he cesado un solo momento de ser buen hijo, buen marido, buen padre, buen amigo para el
que lo merecía?, mi corazón me decía igualmente ,no, tu desgracia viene únicamente de
no haber alcanzado tu meta.
Pensé que era cruel haber sido, en diversas épocas de mi vida, tán mal pago por mis
semejantes, incluso por mis amigos; la pena que me hacían experimentar todas estas
rememoranzas me abrumaba, mis fuerzas me abandonaban, y puse mi cabeza sobre mis manos
virtiendo un torrente de lágrimas, llamando al Eterno en mi ayuda. El calor de ese día
era fuerte, me dormí, y tuve el sueño siguiente que no lo olvidaré jamás.
Creí crujir el árbol al pie del cual me encontraba, lo que me hizo volver la cabeza, y
apercibí una ninfa, modelo de la belleza, que salí de este árbol; sus vestimentas eran
tán ligeras que me parecían transparentes. Ella me dijo: he oído, en el seno de este
árbol sagrado, el relato de tus desgracias. Son grandes sin duda, más tal es la suerte a
la que la ambición conduce a la juventud que quiere afrontar todos los peligros para
satisfacer sus deseos. No añadiré ninguna reflexión para no agravar tus desdichas,
puedo endulzarlas. Mi esencia es celeste, puedes considerarme incluso como una deyección
de la estrella polar. Mi potencia es tal que todo lo animo: yo soy el espíritu astral,
doy la vida a todo lo que respira y vegeta, lo conozco todo. Habla: ¿qué puedo hacer por
tí?.
Oh, ninfa celeste, le dije yo, puedes reanimar en mí un corazón abatido por las
desgracias, dándome solamente una ligera noción sobre la organización del universo,
sobre la inmortalidad del alma, y procurarme los medios de llegar al conocimiento de la
piedra filosofal y la medicina universal. He devenido la risa pública, tengo la frente
curvada bajo el peso enorme de las desdichas, dígnate por favor darme los medios de
rehabilitarme a mis propios ojos.
Estoy verdaderamente emocionada de tu penosa existencia, me respondió ella; escucha,
reúne todas tus facultades, y grábate en la memoria el relato que voy a hacerte, tomando
una parte de mis comparaciones en sentido figurado, para que yo pueda volverme sensible a
tu inteligencia.
Represéntate un espacio de una extensión casi sin límites en el que flota el sistema de
los mundos, compuesto de soles o de estrellas fijas, de nebulosas, de cometas, de planetas
y de satélites, nadando en el seno de la eternidad o de un sol de luz divina, cuyos rayos
no tienen límites, y tendrás una ligera noción del conjunto del universo, así como el
mundo finito y del que es infinito.
El sistema de los mundos y el Eterno, o el sol de luz divina, son del mismo orígen, no
han tenido comienzo alguno y no tendrán final. Los ligeros cambios que experimentan
ciertos globos no cambian nada al orden del universo.
La voluntad del Eterno o del Espíritu creador, puede intencionalmente lanzar una nebulosa
en el espacio; ésta, partiendo de la tangente, al recorrer el espacio sufre la ley de la
atracción de un sol al que ella se aproxima, y acaba por describir una elipse muy
alargada de la que los dos focos son determinados por la acción de dos soles; entonces
forma un cometa, pero al cabo de un lapso de siglos acaba por ceder a la atracción más
fuerte de uno de los dos soles, regulariza su curso, y acaba por formar parte de su
sistema, girando alrededor de él; después al cabo de un cierto número de siglos, su
punto luminoso que deviene el fuego central de este globo , que deviene él mismo, en una
época muy remota, un planeta habitable cuando ha tomado una consistencia metalífera, y
hace nacer en su superficie los elementos necesarios a la vida de los animales apropiados
a su naturaleza, tales por ejemplo como el agua, una atmósfera y los vegetales.
Los planetas pueden, por la fuerte expansión de su fuego central, desgarrarse en diversas
partes, las cuales, esparcidas en el espacio, devienen otros tantos satélites,
adhiriéndose a la atmósfera de actividad de otro planeta.
Un cometa, que ha sido en primer lugar una nebulosa, puede por su acción, al aproximarse
demasiado cerca de un planeta, elevar sus aguas, dar lugar a un diluvio bajando o elevando
su eje, lo que cambia el lecho de los mares, saca a la luz lo que está cubierto por las
aguas, y sepulta por los siglos bajo los mares las comarcas habitadas, recubriendo con el
limo de los mares los despojos de los animales y de los vegetales amontonados los unos
sobre los otros.
Pasando otro planeta por la cola de un cometa, puede éste último inflamar su atmósfera
y destruir no solamente todos los vegetales, sino también los animales, y hacer de este
mismo planeta una vasta tumba. En fín, un cometa, por su acción demasiado grande, puede,
al aproximarse demasiado cerca de un planeta, provocar una perturbación en una atmósfera
capaz de modificar la existencia animal y vegetal, e incluso de destruirla. He aquí las
únicas modificaciones que experimentan los globos, mas nada se pierde por ello en el
mundo. Aunque estos globos fuesen reducidos a átomos, estos últimos, por la ley de la
atracción, acabarían por formar un todo o un nuevo globo.
Las diversas especies de animales que parecen haber existido sobre la tierra en épocas
bien alejadas las unas de las otras, son el hecho de la creación a la que ha dado lugar
el Espíritu Creador. Mas todos los seres que pasan por ella, aparecen en épocas más o
menos distanciadas las unas de las otras, al término de las grandes catástrofes que
experimenta la tierra: la especie humana no data ella misma más de cerca de 60 siglos.
Los soles, los cometas y los diversos globos, son otros tantos seres de una naturaleza
particular, que se encuentran en particular regidos por un espíritu , pues la jerarquía
universal es infinita. El Eterno es de un orden bien por encima de estos espíritus, estos
últimos son como sus ministros, y los globos como sus sujetos, sometidos a la dirección
de estos mismos ministros.
Todo lo que existe en el universo de material o de físico, es puramente mineral; los
gases mismos lo son; toma nota de esta confesión.
El hombre es un compuesto triple; su cuerpo o su forma está animado de un alma: esta es
la reunión de de diversas fuerzas, con la ayuda de las cuales el espíritu rige su forma
o la materia. El alma es dirigida por el espíritu celeste, que es una emanación de la
acción divina, y en consecuencia imperecedero.
El hombre no perece jamás sino por lo que respecta a su forma: entonces el espíritu, al
que el alma sirve de lazo o de envoltura, se separa de ella, y su forma, privada del
espíritu vital celeste, es librada a la reacción de sus principios constitutivos. El
espíritu y el alma viven entonces espiritualmente, buscando los centros que les
convienen, y al cabo de un cierto tiempo el hombre, o el ser, o el espíritu, o la vida
espiritual, que va perfeccionándose siempre, se separa de su alma o de su envoltura
gloriosa, para regresar a su universalidad, lo que hace que el hombre muera dos veces, es
decir , cambie dos veces de forma.
Pero el hombre , o el espíritu, vive
eternamente. según mi relato, no pueden dudar ahora de la inmortalidad del alma.
He aquí todo lo que me es permitido enseñarte aquí para satisfacer tus deseos.
Quieres ahora saber cómo actúa la medicina universal sobre la economía animal?.
Considera, como acabo de decirte, que sólo la forma o el cuerpo del hombre es mortal, y
verás que no perece más que del lado de los sólidos. Como estos últimos son todos
minerales, pueden todos ser regenerados por el principio o espíritu mineralizador, el
cual, por sus diversas modificaciones, forma los diversos productos que conocemos. Ellos
se encuentran pues reducidos a su estado primitivo por la acción de este mismo principio
y de su fuerza extraña, que restablece el equilibriio, y permite el espíritu entrar y
salir libremente a través de nuestra propia forma como el agua a través de una esponja;
pues el desarreglo de nuestro cuerpo no viene únicamente, excepción hecha de las
indisposiciones mecánicas, más que de las corrientes de la vida que no pueden circular
libremente. Pero la virtud de la medicina universal es puramente medicinal y no
quirúrgica, no puede volver a poner un miembro cortado o destruído enteramente, lo que
hace que la persona que la toma temprano, habitualmente en los dos equinoccios, pueda
vivir sin enfermedades muchos siglos, a menos que la naturaleza haya prescripto una corta
duración de su existencia por su organización, que viene sin cesar a contrariar a los
esfuerzos de la vida.
Viniendo ahora al motivo de todas tus desgracias,
y, si me atrevo a decirlo, de tu punto fijo, ha hecho falta tu obstinación para volverte
digno de un beneficio semejante.
Escucha atentamente, y no olvides jamás tus desdichas, a fin de tener siempre presentes
ante tus ojos a los infortunados.
Sígueme y no temas nada.
Ví entonces una nube que salía del seno de la tierra, que nos envolvió y nos
transportó en el aire. Recorrimos las orillas de la mar, donde apercibí pequeñas
protuberancias. La noche sobrevino, el cielo era muy estrellado, seguimos la vía láctea
dirigiéndonos a la estrella polar. Un frío extremo se apoderó de mí, y me provocó un
profundo sueño. Calentado de nuevo a continuación por los rayos del sol, que aparecía
sobre el horizonte, me sorprendí del todo al despertarme de encontrarme sobre la tierra,
y de apercibir ahí un templo. La ninfa me tomó de la mano y me condujo a su entrada. Te
he traído, me dijo, al lugar en el que debes resolver el problema siguiente. Ya que has
sido un buen matemático, reflexiona bien, pues sin su solución no puedes nada. De uno,
por uno que no es más que uno, se hacen tres, de los tres dos, y de los dos uno.
Me has dicho estar instruído en química, mira qué medio pueden ofrecerte tus
conocimientos tan sólo para abrir la cerradura de la puerta de este templo, a fin de
penetrar en él hasta el santuario.
Al vencer sin peligro, añadió ella, se triunfa
sin gloria.
Antes de dejarte quiero hacerte observar también, que no puedes combatir al dragón que
defiende interiormente la entrada de este templo, más que con esta lanza, que es preciso
que hagas enrojecercon la ayuda del fuego vulgar, a fin de atravesar el cuepro del
monstruo que debes combatir, y penetrar hasta su corazón: dragón que ha sido bien
descripto por los antiguos, y del que han hablado tanto.
Piensa en el rocío de mayo, él se vuelve indispensable como vehículo, y como siendo el
principio de todas las cosas. Yo lancé mis miradas sobre ella, y la ninfa se puso a
sonreir. En fín, tu vas a comenzar los Trabajos de Hércules; reune todas tus fuerzas, y
sé de una voluntad firme. Adios. La ninfa me tomó por la mano y me la apretó. Amas la
vida?, me dijo. En vuestra presencia la quiero más que nunca, la respondí yo. Procura no
perderla por imprudencia; aguardando el resultado del combate, velaré cerca de tí, y en
caso de acontecimientos vendré a socorrerte. Adios. Ella desapareció.
Yo estaba triste de haber perdido esta ninfa que me era tan querida. En fin, yo me decidí
al combate. Habiendo reunido ramas de madera seca desparramadas sobre el lugar en el que
me encontraba, las prendí fuego con la ayuda de una lente que encontré llevar sobre mí,
e hize enrojecer mi lanza casi al blanco. Durante esta operación busqué el medio que
pudiera destruir mejor la cerradura de la puerta del templo . Me apercibí de que la ninfa
había deslizado en mi bolsillo, sin que yo me percibiese de ello, un tarro tapado, lleno
con la sustancia que me era necesaria.
Determinado a vencer o a morir, así con furor mi lanza en una mano y la sustancia en la
otra, y puse de esta última, sobre la cerradura, la cantidad necesaria. esta desapareció
enteramente en poco de tiempo, y los dos batientes de la puerta del templo se abrieron con
estrépito. Apercibí un espantoso dragón, que tenía un enorme dardo de tres puntas, que
buscaba lanzarme su mortal resuello.
Me abalancé sobre él gritando:
Cuando se ha perdido todo, y ya no se tiene esperanza, La vida es un aprobio y la muerte
un deber.
El abrió sus fauces para devorarme, y yo le hundí mi lanza adentro, con tanta fuerza,
que penetré hasta las entrañas, y le desgarré el corazón; a fin de que él no pudiera
alcanzarme, hacía al mismo tiempo rudos esfuerzos con mi lanza para desviar la dirección
de su cabeza. El monstruo se replegó sobre sí mismo en diversas ocasiones, vomitó
oleadas de sangre, y cesó de existir.
Yo me dirigí a continuación al coro del templo, y escuche una voz celestial que me dijo:
audaz, vienes a profanar este templo para satisfacer tu vil codicia, o vienes a buscar en
él los medios de socorrer a la humanidad sufriente?. Vengo, le respondí, yo, despojado
de toda ambición, a suplicarte de rodillas que me des los medios tan solo de recobrar la
fortuna que he sacrificado para conocer la piedra filosofal, así como los de devolver a
la vida a los humanos virtuosos; yo te juro y le juro el Eterno, que si te dignas
acordarme un beneficio semejante, no revelaré jamás los trabajos de Hércules, ni la
materia y el fuego, por un lenguaje que no pueda ser entendido sino por aquellos a los que
Dios quiera gratificar con un secreto parecido, y si yo perjuro, que sea castigado de una
manera ejemplar.
Vi entonces dos soberbios vasos de cristal reposando cada uno sobre un pedestal del más
bello mármol de Carrara. Uno de estos vasos era en forma de urna, rematada por una corona
de oro con 4 florones; encima estaba escrito en letras grabadas: Materia que contiene las
dos naturalezas metálicas.
El otro vaso de cristal era un gran tarro tapado al esmeril, de un fuerte espesor; estaba
grabado encima igualmente lo que sigue: Espíritu astral o espíritu ardiente que es una
deyección de la estrella polar.
Este vaso estaba rematado por una corona de plata ornada de 9 estrellas brillantes.
Conforme acababa de leer, me apercibí con gozo de mi amable ninfa, quien me dijo
mostrándome este gran tarro: Ves mi espejo? Nada, me dijo, puede ahora oponerse a
recompensarte tu mismo por la lucha que has sostenido con tanto coraje, tomando a
discreción de las sustancias que contienen estos dos vasos sagrados, que son del mismo
origen celeste. Me doy cuenta del malestar que te hace experimentar tu victoria, que
podría devenirte funesto al hacer aquí una estancia más larga; apresúrate a tomar tu
recompensa, y sal lo más rápidamente posible de este templo. Voy a disponerlo todo para
nuestra partida. Ella me dejó solo.
Mis fuerzas y mi coraje comenzaban a abatirse: creí que debía obedecer a las órdenes de
la ninfa. apercibí al lado de los dos vasos sagrados, diversos tarros vacíos, bien
limpios, en cristal, tapados al esmeril. Tomé dos de ellos, abrí con precipitación el
primero en forma de urna, que contenía la materia andrógina y las dos naturalezas
metálicas, y llené con ella mi vaso. Habiéndolo tapado tras haber cerrado la urna de
cristal, abrí el vaso segundo y más grande , y vertí, temblando, en mi segundo tarro,
de la sustancia que contenía: yo no tenía embudo, el tiempo se me hacía largo, mis
fuerzas se desvanecían, cerré bien presto el vaso grande, y el mío con su tapón de
cristal, y salí con apresuramiento del templo. Al pasar cerca del monstruo al que había
vencido, ví que no quedaba de él más que sus despojos mortales y de ningún valor.
Tan pronto como tomé aire, creía que me iba a desvanecer. En el temor de romper mis dos
vasos al caerme, me recosté sobre la tierra con pesar tras haber puesto a mi lados mis
dos pequeños tarros. Llegué a respirar en algún momento con dificultad. Mi ninfa
querida vino a mí sonriendo; ella me felicitó por mi coraje y por la victoria que
acababa de lograr. Me dijo: Conviene, infortunado Cyliani, que no es bueno que te expongas
a menudo a semejante lucha. Qué veo? me dijo, Vaya un alumno!Estas palabras me
sorprendieron. Yo la dije: explicáos. Uno de tus tarros contiene más cantidad de materia
andrógina de la que te hace falta,pero no has tomado bastante espíritu astral, necesitas
más, y como dice Arnaldo de Vilanova, se requiere abundancia de agua, de espíritu
destilado, pero tu falta es excusable, es el fruto de un temor fundado. En fin, tienes
suficiente de él para que te enseñe a hacer la piedra y colmar tus deseos.
Apresurémonos a alcanzar nuestro punto de partida. No pienses más en la compañera de tu
juventud, ni en la inquietud en que tu ausencia la ha sumido. Partamos, tu vida aquí
estaría en peligro. Vi una nueva nube salir del seno de la tierra, que nos envolvió y
nos elevó en el aíre. Hicimos bien el camino. La noche sobrevino, el cielo estaba limpio
y muy estrellado, seguimos de nuevo la vía láctea, pero en sentido inverso. Yo
experimenté entonces un gran frío. Nuestra dirección estaba también del lado del lugar
que me vio nacer. Pero al dejar una región fría y pasar a una región cálida, sentí un
fuerte sueño apoderarse de mí, y me sorprendí mucho al despertarme, al despuntar la
auro-ra, de encontrarme al pie del grueso roble del que había-mos partido.
Apelé a mí amable ninfa, y ella me dijo riéndose: ¿Qué más quieres? Dije yo, ¿qué
es preciso que haga para terminar mi obra?
Ahora que has pasado los trabajos de Hércules y que posees las materias, ya no es más
que un trabajo de mujer o de niño atento y cuidadoso. Escucha con atención.
Considera bien los trabajos de la naturaleza. Ella ha formado los metales en el seno de la
tierra, pero se requie-re una cosa más, su quintaesencia. Mira de dónde saca ella la
quintaesencia de las cosas. No es más que en la superficie de la tierra, en los reinos
que viven o vegetan: sigue pues la naturaleza paso a paso. Considera también cómo opera
ella en el reino vegetal, pues no es un mineral lo que quieres hacer. Vela humedeciendo
con el rocío o la lluvia la simiente confiada a la tierra, desecándola con la ayuda del
fuego celeste, y reiterando de este modo hasta que el embrión se ha formado,
desarrollado, brotado, florecido, y llegado a su virtud multiplicativa, en fin, a la
madurez de su fruto. Es bien simple: disuelve y coagula, he ahí todo, y guárdate de
servirte de otro fuego que el del cielo.
En fin, la ninfa se dignó delinearme todo lo que me quedaba por hacer, como voy a decirlo
con el mayor detalle. Me arrojé a sus pies para agradecerla semejante beneficio,
dirigiendo mis humildes agradecimientos al Eterno de haberme hecho sobrepasar tantos
peligros, y luego ella me dijo adiós, añadiendo: no me olvides. Ella desapareció, y su
fuga me hizo experimentar una pena tan grande, que me desperté.
Poco tiempo después, me puse a recomenzar mi obra, y con la ayuda de los trabajos de
Hércules, me procuré la materia que contiene las dos naturalezas metálicas, así como
el espíritu astral, con la ayuda de mis últimos recursos, y no los de otro, los que me
han vuelto libre de disponer a mi agrado de mi buen resultado, hacia aquellos que lo
merecen a mis ojos, sin herir mi delicadeza y la urbanidad, ni pisotear los deberes del
reconocimiento.
PRIMERA OPERACION
CONFECCION DEL AZOT O DEL MERCURIO DE LOS FILOSOFOS
Tomé la materia que
contenía las dos naturalezas metálicas; comencé por imbibirla con el Espíritu astral
poco a poco, a fin de despertar los dos fuegos interiores que estaban como extinguidos,
desecando ligeramente y mo-liendo circularmente todo a un calor de sol; después,
reite-rando así y humedeciendo frecuentemente cada vez más, desecando y moliendo hasta
que la materia haya tomado el aspecto de una papilla ligeramente espesa. Entonces vertí
encima una nueva cantidad de espíritu astral de manera que sobrenadase a la materia, y
dejé todo así durante cinco días, al cabo de los cuales decanté dies-tramente el
líquido o la disolución, que conservé en un lugar frío; después desequé directamente
al calor solar la materia que quedaba en el vaso de vidrio, que tenía alre-dedor de tres
dedos de altura, imbibí, molí, desequé y disolví como había hecho anteriormente, y
reiteré así hasta haber disuelto todo lo que era susceptible de serlo, habiendo tenido
cuidado de verter cada disolución en el mismo vaso bien tapado, que puse durante diez
días en el lugar más frío que pude encontrar.Transcurridos estos diez días, puse la
disolución total a fermentar en un pelicano durante cuarenta días, al cabo de los cuales
se precipitó, por el efecto del calor interno de la fermentación, una materia negra. Es
entonces que destilé sin fuego, lo mejor que me fue posible, el liquido precioso que
sobrenada a la materia y que contiene su fuego interior, y lo puse en un vaso de vidrio
blanco, bien tapado al esmeril, en un lugar húmedo y frío. Tomé la materia negra y la
hice desecar al calor del sol, como ya he dicho, reiterando las imbibiciones con el
espíritu astral, cesándolas tan pronto como apercibía que la materia comenzaba a
secarse, y dejándola así desecarse por sí misma, y esto tantas veces como fue necesario
para que la materia se volviese como una pez negra reluciente. Entonces la putrefacción
fue total, y cesé el fuego exterior, a fin de no dañar en modo alguno a la materia
quemando el alma tierna de la tierra negra. Por este medio la materia llegó al estiércol
de caballo, a su imitación; es preciso, siguiendo el dicho de los filósofos, dejar
actual al calor interior de la materia por sí mismo.
Hay que recomenzar aquí el fuego exterior para coagular la materia y su espíritu. Tras
haberla dejado desecarse por sí misma, se la imbibe poco a poco y cada vez más con su
líquido destilado y reservado que contiene su propio fuego, moliéndola imbibida, y
desecando a un ligero calor solar, hasta que haya bebido toda su agua. Por este medio el
agua es cambiada enteramente en tierra, y esta última, por su desecación, se cambia a un
polvo blanco que se llama también aire, el cual cae como una ceniza que contiene la sal o
el mercurio de los filósofos.
En esta primera operación, se ve que la disolución o el agua se cambia a tierra, y ésta
por sutilización o sublimación es cambiada en aire por el arte, en donde se detiene el
primer trabajo. Se toma esta ceniza que se disuelve poco a poco con la ayuda de nuevo
espíritu astral, dejando, tras la disolución y la decantación, una tierra negra que
contiene el azufre fijo. Pero al reiterar la operación sobre esta última disolución,
absolutamente como acabamos de describirla prece-dentemente, se obtiene una tierra más
blanca que la pri-mera vez, que es la primera águila, y se reitera así de siete a nueve
veces. Se obtiene por este medio el menstruo universal, o el mercurio de los filósofos, o
el azoth, con la ayuda del cual se extrae la fuerza activa y particular de cada cuerpo.
Es bueno observar aquí que antes de pasar de la primera águila a la segunda, así como a
las siguientes, hay que reiterar la operación precedente sobre la ceniza restan-te, si la
sal no está elevada suficientemente, por el fuego central de la materia, por la
sublimación filosófica, a fin de que tras la operación no quede sino una tierra negra
despojada de su mercurio.
Prestad atención aquí que a continuación del hinchado de la materia en la fermentación
que sigue a la disolución, se forma en la parte superior de la materia una especie de
piel, bajo la cual se encuentran una infinidad de pequefias ampollas que contienen el
espíritu. Es entonces que hay que conducir el fuego con prudencia, visto que el espíritu
toma una forma aceitosa y pasa a un cierto grado de siccidad.
Tan pronto como la materia es disuelta, se hincha, entra en fermentación, y produce un
ligero ruido, lo que prueba que contiene en ella un germen vital que se des-prende bajo la
forma de ampollas.
Para hacer bien la operación que acabo de describir hay que observar el peso, la
conducción del fuego y el tamaño del vaso. El peso debe consistir en la cantidad de
espíritu astral necesaria a la disolución de la materia. La conducción del fuego
exterior debe ser dirigida de manera que no se hagan evaporarse las ampollas que contienen
el espíritu por una cantidad demasiado grande de fuego, y de manera que no se quemen las
flores o el azufre al conti-nuar el fuego exterior, de modo que se lleve demasiado lejos
la siccidad de la materia tras su fermentación y su putrefacción, a fin de no ver el
rojo antes del negro.
En fin, el tamaño del vaso debe ser calculado según la cantidad de la materia, de manera
que ésta no contenga más que el cuarto de su capacidad: a ver si se me entiende.
No olvidéis tampoco que la solución misteriosa de la materia o el matrimonio mágico de
Venus con Marte se hizo en el templo del que os he hablado anteriormente. por una bella
noche, el cielo calmo y sin nubes, y estando el sol en el signo de los Gemelos, estando la
luna de su primer cuarto a su pleno. con la ayuda del imán que atrae al espíritu astral
del cielo, el cual es rectificado siete veces hasta que puede calcinar al oro.
En fin, estando terminada la primera operación, se tiene cl azoth, o el mercurio blanco,
o la sal o el fuego secreto de los filósofos. Ciertos sabios la disuelven de nuevo en la
menor cantidad de espíritu astral necesaria para hacer de ella una disolución espesa.
Tras haberla disuelto la exponen en un lugar frío para obtener tres lechos de sal. La
primera sal tiene el aspecto de lana, la segunda de un nitro de pequeñísimas agujas, y
la tercera es una sal fija alcalina. Unos filósofos las emplean separadamente, y otros
las reúnen como lo indica A. de Vilanova en su Pequeño Rosario hecho en 1306 en el
articulo de Los Dos Plomos, y las disuelven en cuatro veces su peso de
espíritu astral, a fin de hacer todas sus operaciones.
La primera sal es el verdadero mercurio de los filósofos; es la llave que abre todos los
metales, con cuya ayuda se extraen sus tinturas; lo disuelve todo radicalmente, lo fija y
madura todo de modo semejante al fijar los cuerpos por su naturaleza fría y coagulante.
En breve, es una esencia universal activísíma; es el vaso en el cual se hacen todas las
operaciones. Vemos pues que el mercurio de los sabios es una sal a la que denominan: agua
seca que no moja las manos; mas para servirse de él hay que disolverlo en el espíritu
astral, como ya lo hemos dicho. Se emplean diez partes de mercurio contra una de oro.
La segunda sal sirve para separar lo puro de lo impuro, y la tercera sal sirve para
aumentar continuamente nuestro mercurio.
SEGUNDA OPERACIÓN
CONFECCION DEL AZUFRE
La tintura extraída del
oro vulgar se obtiene por la preparación de su azufre, que es el resultado de su
calcinación filosófica que le hace perder su naturaleza metálica y la cambia en una
tierra pura; calcinación que no puede tener lugar por el fuego vulgar, sino solamente por
el fuego secreto que existe en el mercurio de los sabios, vista su doble propiedad; y es
en virtud de este fuego celeste, secundado por la trituración, que penetra hasta el
centro del oro vulgar, y que el fuego central doble del oro, mercurial y sulfuroso, que se
encuentra ahí como muerto y aprisionado, se vuelve desatado y animado. El mismo fuego
celeste, tras haber extraído la tintura del oro, la fija por su cualidad fría y
coagulante; y se vuelve perfecta, pudiéndose multiplicar tanto en calidad como en
cantidad. Esta tierra, una vez llegada a la fijeza, afecta un color de flor de
melocotonero, que da la tintura o el fuego, que es entonces el oro vital y vegetativo de
los sabios; lo que tiene lugar por la regeneración del oro por nuestro mercurio.
Es preciso pues comenzar a resolver el oro vulgar en su materia espermática por nuestra
agua de mercurio o nuestro azoth.
Para conseguir esto, hay que reducir el oro a una cal u óxido de un rojo pardo muy puro,
y tras haberlo lavado varias veces con el agua de lluvia bien destilada a un fuego
pequeño, se le hará secar ligeramente a un calor de sol; es entonces que se le
calcinará con nuestro fuego secreto. Es en esta ocasión que los filósofos dicen: los
químicos que-man con el fuego y nosotros con el agua.
Tras haber imbibido y molido ligeramente el óxido de oro bien calcinado que tiene su
humedad, y haberle hecho beber su peso de sal o de tierra seca que no moja las manos, y
haberlos incorporado bien juntos, se los imbibirá de nuevo aumentando sucesivamente las
imbibiciones has-ta que todo parezca como una papilla ligeramente espesa. Entonces se
pondrá encima una cierta cantidad de agua de mercurio proporcionada a la materia, de
manera que sobrenade a esta última; se dejará todo al dulce calor del baño maría de
los sabios durante cinco días, al cabo de los cuales se decantará la disolución en un
vaso que se tapará bien, y que se pondrá en un lugar húmedo y frío.
Se tomará la materia no disuelta, que se hará desecar a un calor semejante al del sol;
estando suficientemente seca, se volverán a comenzar las frecuentes imbibiciones y
trituraciones como hemos dicho anteriormente, a fin de obtener una nueva disolución, que
se reunirá con la prime-ra, reiterando así hasta que hayáis disuelto todo lo que puede
serlo, y que no quede sino la tierra muerta, que no es de valor alguno. Estando terminada
la disolución y reunida en el vaso de vidrio bien tapado del que hemos hablado
anteriormente, su color es semejante al del lapis-lázuli. Se situará este vaso en un
lugar lo más frío que se pueda durante diez días, y después se pondrá la materia a
fermentar como hemos dicho en la primera operación, y por el propio fuego interno de esta
fermentación, se precipitará una materia negra; se destilará diestramente y sin fuego
la materia, metiendo el liquido que sobrenadaba a la tierra negra, separado por la
destilación, en un vaso bien tapado y en un lugar frío.
Se tomará la tierra negra, separada por destilación de su líquido, se la dejará
desecarse por sí misma, y se la imbibirá luego otra vez con el fuego exterior; es decir.
con el mercurio filosófico, visto que el árbol filosófico demanda ser de tiempo en
tiempo quemado por el sol y después refrescado por el agua.
Hay pues que alternar lo seco y lo húmedo, a fin de apresurar la putrefacción, y cuando
se percibe que la tierra comienza a desecarse, se suspenden las imbibiciones, y se la deja
después desecarse por sí misma hasta que haya llegado a una siccidad conveniente, y se
reitera así hasta que la tierra se parezca a una pez negra: entonces la putrefacción es
perfecta.
Hay que acordarse aquí de lo que hemos dicho en la primera operación, a fin de no dejar
que se volatilice el espíritu, o quemar las flores, suspendiendo a propósito el fuego
exterior cuando la putrefacción es total.
El color negro que se obtiene al cabo de cuarenta o cincuenta días todas las veces que se
ha administrado bien el fuego exterior, es una prueba de que el oro vulgar ha sido
cambiado a tierra negra, a la que los filósofos llaman su estiércol de caballo. Así
como el estiércol de caballo actúa por la fuerza de su propio fuego, de modo semejante
nuestra tierra negra deseca en sí misma su propia humedad untuosa por su propio fuego
doble, y se convierte, (tras haber bebido toda su agua destilada y haberse vuelto gris),
en un polvo blanco denominado aire por los filósofos, lo que constituye la coagulación,
como lo hemos descrito anteriormente en la primera operación.
Cuando la materia está blanca. estando terminada la coagulación, se la fija llevando la
materia a una mayor desecación con la ayuda del fuego exterior, siguiendo la misma marcha
que hemos seguido en la coagulación pre-cedente, hasta que el color blanco sea cambiado a
un color rojo que los filósofos llaman el elemento del fuego. La materia llega por si
misma a un grado de fijeza tan gran-de, que ya no teme los atentados del fuego exterior u
ordinario, que ya no puede sería perjudicial.
No sólo hay que fijar la materia como acabamos de hacerlo; hay también que
lapidificaría, llevando la materia a tener el aspecto de una piedra triturada,
sirviéndose del fuego ardiente, es decir del primer fuego empleado, y siguiendo los
mismos medios anteriormente descritos, a fin de cambiar la parte impura de la materia a
tierra fija, privando también a la materia de su humedad salina.
Entonces se procede a la separación entre lo puro y lo impuro de la materia; es el
último grado de la regenera-ción, que se termina por la solución.
Para llegar a ello, tras haber molido bien la materia y haberla situado en el vaso
sublimatorio, alto, como ya hemos dicho. de tres a cuatro dedos, en buen vidrio blanco y
de un espesor doble del ordinario, se vierte encima el agua mercurial, que es nuestro
azoth, disuelto en la cantidad de espíritu astral que le es necesario y anteriormente
indicada, graduando su fuego de manera que se mantenga a un calor templado, dando hacia el
final una cantidad de este mercurio filosófico como para fundir la materia.
Por este medio, se toma toda la parte espiritual de esta última en el agua y la parte
terrosa se va al fondo; se decanta su extracto, y se mete en hielo, a fin de que la
quintaesencia oleosa se reúna y ascienda por encima del agua y sobrenade ahí como un
aceite, y se arroja la tierra que queda al fondo como inútil, pues es la que tenía
aprisionada la virtud medicinal del oro, lo que hace que no sea de valor alguno.
Se separa este aceite sobrenadante con la ayuda de una pluma blanca de pichón, bien
lavada y mojada, y se tiene cuidado de no perder nada de él, pues es la verdadera
quintaesencia del oro vulgar regenerado, en la cual se encuentran reunidos los tres
principios, que ya no pueden ser separados el uno del otro.
Observad bien aquí que no hay que llevar la lapidificación de esa manera demasiado
lejos, a fin de no convertir el oro calcinado en una especie de cristal. Hay que regular
con destreza el fuego exterior para que deseque poco a poco la humedad salina del oro
calcinado, cambiándolo a una tierra blanda que cae como ceniza. a causa de su
lapidificación o más amplia desecación.
El aceite así obtenido por la separación es la tintura. o el azufre, o el fuego radical
del oro, o la verdadera coloración; es también el verdadero oro potable o la medicina
universal para todos los males que afligen a la humanidad. Se toma, en los dos
equinoccios. de este aceite, la cantidad necesaria para teñir ligeramente una cucharada
sopera de vino blanco o de rocío destilado, visto que una gran canti-dad de esta medicina
destruiría el húmedo radical del hombre, privándolo de la vida.
Este aceite puede tomar todas las formas posibles y formarse en polvo, en sal, en piedra,
en espíritu, etc., por su desecación con la ayuda de su propio fuego secreto. Este
aceite es también la sangre del león rojo.
Los antiguos lo representaban bajo la imagen de un dragón alado que se posa sobre la
tierra. En fin, este aceite inconsumible es el mercurio aurifico. Estando hecho, se divide
en dos porciones iguales; se conserva una parte al estado de aceite en un tarro pequeño
de vidrio blanco, bien tapado al esmeril, que se conserva en un lugar seco, para servirse
de él al hacer las imbibiciones en los reinos de Marte y del Sol, como lo diré al final
de la tercera operación, y se hace desecar la otra porción hasta que sea reducida a
polvo, siguiendo los mismos medios que he indicado precedentemente para desecar la materia
y coagularla; entonces se divide este polvo semejantemente en dos porciones iguales; se
disuelve una parte en cuatro veces su peso de mercurio filosófico, para imbibir la otra
mitad del polvo reservado.
TERCERA OPERACION
CONJUNCION DEL AZUFRE CON EL MERCURIO DE LOS FILOSOFOS
Es aquí donde los
filósofos comienzan casi todas sus operaciones, lo que ha inducido a muchas personas a
error. Es también en esta operación que se reúne el azufre de los filósofos con su
mercurio. Casi todos los sabios han denominado fermentación a esta última operación,
visto que es en ella que de nuevo se disuelve el azufre, que fermenta, se pudre, y
resucita por su nueva regeneración con una fuerza décuple.
Esta operación difiere de las dos precedentes, lo que hace que los filósofos la
compongan de siete grados a los que han atribuido un planeta.
Para hacer esta operación, hay que tomar la mitad del polvo reservado del que ya os he
hablado, e imbibirlo poco a poco, visto que al imbibirlo en demasiada cantidad se resuelve
de nuevo el azufre en aceite, que se sublima sobrenadando en el agua, lo que impide la
reunión del azufre y del mercurio, error grave que se ha opuesto al éxito de numerosos
filósofos. Hay pues que imbibir la materia gota a gota asperjándola, a fin de operar la
reu-nión de la Luna con el Sol de los Angeles formando en conjunto una papilla espesa.
El fuego externo que sirve para hacer estas imbibiciones. es aquel del que ya hemos
hablado cuando hemos hecho disolver el cuarto del aceite aurífico, reducido a
polvo, en la cantidad de mercurio filosófico que le era necesario para disolverse: este
fuego exterior se encuentra regulado por la cantidad de la materia.
Hay que tener aquí cuidado de mantener la materia en un estado de untuosidad, por
imbibiciones reiteradas tanto tiempo como sea necesario para hacer hincharse la materia y
hacerla entrar en fermentación. Su disolución está terminada cuando la materia afecta
un color azulado; se llama a esta disolución rebis o mercurio doble, y el grado del
mercurio. Esta disolución es seguida a continuación de la fermentación; entonces se
cesan las imbibiciones y el fuego exterior, dejando actuar completamente solo y por si
mismo al fuego interior de la materia, hasta que la materia calga al fondo del vaso, donde
se vuelve negra como el carbón; es entonces que comienza el primer grado llamado el de
Saturno, y que se destila sin fuego el líquido que sobrenada a la materia negra,
siguiendo la marcha que hemos descrito en las dos operaciones precedentes.
Se deja secar la materia negra por sí misma, y cuando ha llegado a un estado de siccidad
conveniente, se la imbibe de nuevo con el fuego exterior, cesando sus imbibiciones cuando
se ve que la materia comienza a secarse; se la deja adquirir por si misma un cierto grado
de siccidad, y se continúa, reiterando así basta que haya llegado a su putrefacción
total; entonces se cesa el fuego exterior para no dañar la materia.
A consecuencia de la acción del propio fuego de la materia, de negra se vuelve gris, sin
que estemos obligados a administrarla el fuego exterior: se ha llegado entonces al grado
de Júpiter. Es en este grado que se ven aparecer los colores del arco iris, que se
encuentran reemplazados por una especie de piel de un marrón negro que adquiere siccidad,
se hiende y se vuelve gris, rodeada en la pared del vaso de un pequeño círculo blanco.
Habiendo llegado la materia a este punto, podríamos servirnos de ella como medicina. En
este caso, habría que dejar secar la materia y convertirla en un polvo blanco, empleando
los mismos procedimientos ya descritos para obtener este color, que se hará volverse rojo
con la ayuda del fuego secreto.
Esta medicina tendría entonces una virtud décuple de la primera de la que he hablado.
Pero, deseando servirse de ella para la transmutación de los metales, tras haberla
desecado bien, no se aguarda a que se vuelva blanca; sino que se la vuelve tal
amalgamándola a partes iguales con el mercurio vulgar del comercio, purificado con
cuidado por destilación, bien sublimado y revivificado; es la leche o la grasa de la
tierra.
En efecto, cuando el mercurio vulgar es amalgamado con la materia, todo se disuelve bajo
el aspecto de un líquido blanco como leche, que se encuentra fijado por la materia en una
sal fija, por la acción de su propio fuego.
Entonces se recomienzan los lavados mercuriales que la vuelven blanca como cristal, con la
ayuda de siete lavados diferentes. a cada uno de los cuales se añade el mercurio
revivificado a partes iguales como he dicho aquí arriba, después por media, tercera,
cuarta, quinta, sexta y séptima parte del peso de la materia fijada, a fin de que el peso
de la materia sea siempre más grande que el del mercurio revivificado empleado.
Mas desde el primer lavado a partes iguales es preciso no cesar ni día ni noche el fuego,
es decir, las imbibiciones del líquido destilado que contiene el fuego de la materia, a
fin de que ésta no sea atrapada por el frio y perdida: el compuesto es el latón de los
filósofos, que hay que blan-quear por frecuentes imbibiciones hasta que el mercurio
amalgamado sea fijado por nuestra materia, secundado por su propio fuego; lo que termina
el grado de Júpiter.
Continuando así, el latón se vuelve amarillento, después azulado, y el blanco más
bello aparece por encima; entonces comienza el grado de la Luna. Este bello blanco tiene
el aspecto del diamante triturado, y se ha convertido en un polvo muy fino y muy sutil; se
ha obtenido el blanco fijo; se pone sobre una lámina de cobre enrojecida: si funde sin
humear, entonces la tintura está suficientemente fijada. En caso contrario, se la
administra el fuego, continuándolo hasta que haya adquirido su grado de fijeza
conveniente, y nos detenemos ahí, si no se desea hacer mas que la tintura al blanco, de
la que una parte transmuta cien partes del mercurio vulgar en plata mejor que la de la
mina.
Mas deseando hacer la tintura roja, hay que continuar aplicando el fuego a la materia, sin
haberla dejado en-friarse, si se quiere que ella pueda volverse roja.
Al reemprender la administraci6n del fuego exterior la materia se vuelve muy fina y tan
sutil que es difícil de imaginárselo; es por esto que hay que dirigir bien su fuego a
fin de que la materia no se volatilice por la fuerza del fuego que debe penetrarla
enteramente, sino que permanezca al fondo del vaso, convirtiéndose en un polvo verde.
Este es entonces el grado de Venus.
Continuando con prudencia el fuego exterior, la materia se vuelve amarillo limón: es el
grado de Marte. Este color aumenta con intensidad y se vuelve de color de cobre.
Llevada a este punto, ya no puede aumentar de intensidad por sí misma; es entonces que
hay que recurrir al mercurio aurífico rojo, es decir, a nuestro aceite reservado e
imbibir la materia con este aceite hasta que devenga roja: entonces comienza el grado del
Sol.
Continuando las imbibiciones con el aceite aurífico. la materia deviene cada vez más
roja, después purpurina, y finalmente rojo pardo, lo que forma la salamandra de los
sabios, que el fuego ya no puede atacar.
En fin, se insiere la materia con el mismo aceite aurifico, imbibiéndola gota a gota,
hasta que el aceite del Sol sea congelado en la materia y que esta última, puesta sobre
una lámina caliente, funda sin humear. Por este medio se ha obtenido la tintura roja y el
oro fijo y coagulante, del que una parte transmuta cien partes de mercurio en oro mejor
que el de la naturaleza.
MULTIPLICACION
Las dos tinturas de las que
acabo de hablar, blanca y roja, son susceptibles de ser multiplicadas en calidad y en
cantidad, cuando estas tinturas no han sido sometidas a la acción del fuego vulgar, que
las hace perder su humedad radical, fijándolas en tierra que tiene el aspecto de una
piedra. Para hacer la multiplicación de estas dos tinturas, blanca y roja, hay que
repetir enteramente la tercera operación.
Es preciso que los dos polvos, blanco y rojo, sean disueltos en el mercurio filosófico,
que pasen a la fermentación y a la putrefacción, así como a la regeneracion. Para
llegar a ello hay que reiterar las imbibiciones poco a poco, conducir el fuego y regularlo
sucesivamente como lo hemos descrito anteriormente. A esta segunda multiplicación una
parte hace proyección sobre mil partes del mercurio, y las transmuta en plata o en oro,
según el color del polvo, en metal perfecto.
La multiplicación en calidad se hace reiterando la sublimación filosófica que tiene
lugar separando lo puro de lo impuro con la ayuda del mercurio filosófico, y se repiten
puntualmente las manipulaciones de la tercera operación, tras haber desecado con la ayuda
del fuego de la materia y reducido en polvo todo el aceite blanco si se opera al blanco, y
no más que una parte del aceite rojo, si se opera al rojo, a fin de conservar la otra
parte para servirse de ella en el grado de Marte y del Sol, así como para inserar, como
ya lo he indicado, operando al rojo.
La multiplicación en cantidad se hace por la adición del mercurio vulgar revivificado
como lo he dicho precedentemente. Si se desea hacer al mismo tiempo la multiplicación en
calidad, hay que comenzar, como regla general. por sublimar la materia separando lo puro
de lo impuro, desecando en totalidad si se opera al blanco, o por mitad si se opera al
rojo, con la ayuda del propio fuego que se regulará de la misma manera que lo he hecho en
la tercera operación, a fin de reducirlos a polvo que se dividirá cada uno en dos partes
iguales; se hará disolver una parte en cuatro veces su peso de mercurio filosófico, que
servirá para imbibir la otra parte reservada, reiterando absolutamente la tercera
operación.
Se puede, si se desea, reiterar estas manipulaciones hasta diez veces: la materia
adquirirá a cada vez una fuerza décuple, y será tan sutil que atravesará el vidrio a
la última vez, volatilizándose en su totalidad. Se cesa ordinariamente a la novena
multiplicación, en la que se vuelve tan volátil que al menor calor traspasa el vidrio y
se evapora. lo que hace que sea costumbre detenerse en la transmutación de una parte
sobre mil o diez mil todo lo mas, a fin de no exponerse a perder un tesoro tan
precioso.
No describiré aquí operaciones muy curiosas que he hecho, para mi gran asombro, en
los reinos vegetal y animal, así como el modo de hacer el vidrio maleable, perlas y
piedras preciosas más bellas que las de la natura-leza, siguiendo el procedimiento
indicado por Zachaire, y sirviéndome del vinagre y de la materia fija al blanco, y de
granos de perlas o de rubis triturados muy finos, moldeándolos, y fijándolos luego por
el fuego de la materia, no queriendo ser perjuro, y parecer pasar aquí los limites del
espíritu humano.
Habiendo acabado mi obra, tomé 100 gramos de mercurio destilado, y los puse en un
crisol. Tan pronto como empezaron a humear, arrojé encima 1 gramo de mi azufre
transmutatorio; se convirtió en aceite por encima del mercurio, y vi a este último que
se congelaba sucesivamen-te cada vez más. Entonces aumenté mi fuego, y lo hice más
fuerte al final, continuándolo hasta que mi mercurio estuvo perfectamente fijado, lo que
duró alrededor de una hora. Habiéndolo vertido en una pequeña lingotera, lo ensayé, y
lo encontré mejor que el de la mina.
¡Qué viva y grande era mi alegría! ¡Yo estaba fuera de mí mismo; hice como
Pygmalión: me puse de rodillas para contemplar mi obra y agradecer por ella al Eterno!
¡Me puse a verter también un torrente de lágrimas, que eran dulces! ¡Mi corazón
estaba aliviado! Me seria difícil describir aquí todo lo que me figuraba, y la posición
en la que me encontraba. Muchas ideas se ofrecían a la vez a mi pensamiento. La primera
me llevaba a dirigir mis pasos cerca del ciudadano Rey, y hacerle la confesión de mi
triunfo; otra, hacer un día bastante oro para formar diver-sos establecimientos en la
ciudad que me vio nacer; otra idea me llevaba a casar, el mismo día, tantas jóvenes como
secciones hay en París, dotándolas; otra idea me llevaba a procurarme la dirección de
los pobres honestos, y a ir yo mismo a llevarles las ayudas a domicilio; en fin, terminé
por temer que la alegría me hiciese perder la razón. Sentí la necesidad de violentarme,
y hacer mucho ejercicio paseándome por el campo: lo que hice durante ocho horas
consecutivas. No pasaban algunas horas sin que me quitase el sombrero, y, levantando los
ojos al cielo, le agradecía haberme acordado un beneficio semejante, y vertía
abun-dantes lágrimas. Finalmente, acabé por calmarme, y por comprender cuánto me
exponía al hacer semejantes dili-gencias. Tras haber reflexionado maduramente, tomé la
firme resolución de vivir en el seno de la oscuridad, sin ostentación, y de limitar mi
ambición a hacer seres dichosos en secreto, sin hacerme conocer.
Yo había hecho partícipe a mi mujer de mi éxito, y la prometí repetir delante de ella
la transmutación: ella me comprometió a no hablar de la misma. Era el Jueves Santo de
1831, a las 10 horas 7 minutos de la mañana, cuando había hecho solo la transmutación.
No tenía más mercurio conmigo, y propuse a la mañana siguiente al día de Pascua el
satisfacer a mi mujer. Compré una rama de laurel a un jardinero y un tallo de siempre
viva. Tras haberlos atado juntos, lo envolví todo en una hoja de papel de carta, y
dirigí mis pasos a la casa en que estaba mi mujer, que se encontraba sentada junto a una
vidriera leyendo. Me precipité a sus rodillas; poniendo mi ramo a sus pies, la dije: helo
aquí, querida amiga, depositada a tus pies; acaba de coronarme cuando tú y yo
descendemos a la tumba; me ha costado 37 años de penosos trabajos, y más de mil
quinientas noches sin dormir. He sido cubierto de humillaciones, abrumado de injurias,
abandonado de mis amigos, rechazado de mi familia y de la tuya; en fin, he perdido las
más interesantes criaturas que se puedan ver, y no he cesado nunca de ser un hombre de
bien y de quererte. Mi cabeza cayó sobre sus dos rodillas. Me puse a llorar. ¡Oh,
lágrimas de lamentación, de recuerdo de mis pérdidas, de las tribulaciones que yo
había experimentado, y de alegría, cuán dulces sóis! ¡Vosotras aliviáis mi corazón!
Yo renacía, era un nuevo hombre. Mi mujer, levantándome la cabeza, con lágrimas en los
ojos, me dijo: levántate, amigo mío, y deja de llorar. Pegué mis labios sobre los
suyos, y este beso de ternura, que fue pagado de reciprocidad, vino a embellecer el
encanto de mi vida, y a reanimar mi cerebro por la desdicha.
No era bastante con haberla confesado mi éxito, y haber depositado mi laurel a sus pies;
faltaba convencerla y hacer la transmutación delante de ella.
Tomé un vidrio de reloj, y puse en él una pequeña cantidad de mercurio fluido del
comercio, que había sido destilado, que era puro, y que acababa de comprar. Puse encima,
no mi azufre transmutatorio al estado de polvo, sino al estado de aceite, en la
proporción de una parte sobre cien, y removí mi vidrio de manera que diese al aceite un
movimiento circular. Vimos con gozo al mercurio ofrecer un fenómeno bien curioso, y
coagularse con el color del oro más bello; no tenía más que fundirlo en un crisol y
verterlo; hice así la transmutación en frío, para gran asombro de mi mujer. Ella me
dijo entonces: tu éxito pone colmo a tus deseos; si quieres volverme dichosa, y hacerme
olvidar la larga cadena de nuestras desdichas, vivamos en el seno de la obscuridad sin
ostentación; haz desaparecer de nuestro asilo todo lo que pudiera descubrir tu secreto y
servir de cebo a la malevolencia, así como a los ambiciosos a los que nada puede
recompensar, la intriga, la bajeza o la tiranía. Y la respondí: he jurado, aunque tenga
que verme correr plomo fundido en las venas, llevarme a la tumba mi secreto, es decir, el
conocimiento de la materia, del fuego, y de los trabajos de Hércules; yo te juro, así
como a Dios, volverte dichosa llevando a cumplimiento tus deseos; esperemos que el Eterno
nos proteja contra los envidiosos, y los hombres viciosos y corrompidos.
Oh, vosotros jóvenes, que verosímilmente leéis mi obra, no puedan vuestros deseos de
aparentar en este mundo y el cebo de las riquezas, haceros emprender la búsqueda de la
piedra filosofal: si pudieséis saber como yo las desdichas, en todos los géneros, que he
experimentado para llegar a ella, retrocederiáis de espanto al deseo de entregaros a
ello, a menos que Dios os haga encontrar a un hombre que haya tenido éxito en hacer la
piedra, que os conduzca de la mano desde el comienzo hasta el final; rechazad con horror
la idea de dedicaros a la filosofía hermética, más difícil de lo que se piensa
conocerla por sí mismo. Esperando ser más dichosos que yo, si pisoteáis mis consejos, y
sóis lo bastante dichosos para llegar a ello, no olvidéis jamás los infortunios, sobre
todo sed discretos, avaros en vuestros gustos para el dispendio y para satisfacer vuestras
pasiones, pero pródigos hacia los pobres, y no olvidéis jamás que la más dulce
satisfacción para un corazón bien nacido, es hacer seres dichosos sin que hablen de
vosotros, y sobre todo tened siempre presente ante vuestros ojos al Eterno.
Huid de los seres corrompidos del buen tono; ellos tienen todos los medios para abusar de
vuestras buenas cualidades, se arruinan en promesas que parecen ser la efusión de una
bella alma, pero se enriquecen haciéndose sus víctimas. En una palabra, no busquéis la
bondad de la vida en los dos extremos de la sociedad, sino más bien en la clase media, es
decir, en la de los industriales honestos; hay sin embargo ciertas excepciones que hacer y
yo sería un ingrato de juzgar diferentemente de ellos. Yo encontré a un hombre bien
nacido al que no olvidaré en mi vida, al que prometo dar pruebas de mi gratitud.
Estimable juventud, pueda mi vida serviros de ejemplo, y mis recomendaciones de lecciones,
y merecer a vuestros ojos algunas lágrimas para endulzar la larga cadena de desdichas que
he experimentado.
Reyes de la tierra, si conocieséis el gran número de personas que se dedican en secreto,
en nuestros días, a la búsqueda de la piedra filosofal, os asombrariáis y si supieséis
que apenas uno o dos hombres tienen la suerte de triunfar en el espacio de 300 a 400
años, lo que no ofrece en el comercio el producto de una mina de oro, que se descubre en
el Perú o en otra parte cada o 4 años, lejos de hacer buscar a los que han
triunfado y atormentarlos los colmariáis de vuestras bondades, acordándoles vuestro
apoyo y vuestra benevolencia, a fin de que pudiesen servir ampliamente a la humanidad
sufriente, y haceros participar de los beneficios de sus descubrimiento.
Oh mi país, oh mis queridos conciudadanos, vosotros que habéis probado varias veces que
sóis buenos franceses por vuestra dedicación a la causa de la libertad y del orden
legal, si el Eterno me permite dejaros lo que mi corazón os destina por reconocimiento,
dignáos hacer transportar mis despojos mortales sobre un lugar de base calcárea, frente
a una pequeña torre que lleve un emblema doloroso de una antigua guerra, bajo la cual
corre un pequeño riachuelo que toma su fuente en un lugar de allá, y que hace mover
numerosos molinos; hacedlos recubrir solamente de un grueso bloque de granito duro, muy
común en la pequeña ciudad en la que me casé, vecina del lugar que me vio nacer, con
esta sola inscripción: los despojos mortales del infortunado Cyliani reposan aquí.
Me hecho imprimir esta obra, visto que no existe en ningún país una ley que impida
publicar un descubrimiento útil a la Sociedad con relación a la vida, así como hacer
circular en el comercio el oro perfecto por su peso, su color, su peso específico y su
fusibilidad; ¿con qué derecho se daría la preferencia al oro de las minas sobre el
hecho por el arte filosófico, siendo mejor este último?
Cyliani.
FIN